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NUEVAS FORMAS DE COLONIALISMO

Desde hace pocos años, compañías de países asiáticos y árabes se han lanzado a una carrera sin precedentes de compra de tierras de cultivo en países africanos. Este proceso amenaza con despojar a millones de personas mal alimentadas sin lo único que poseen y está arruinando el ya frágil equilibrio ecológico de muchos países africanos.

Este proceso se aceleró de forma vertiginosa durante 2008, sobre todo debido al alza de los precios de productos agrícolas en los mercados internacionales y el aumento de la producción de agro-combustibles. El presidente de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, lanzó la voz de alarma contra lo que denominó “un nuevo colonialismo”, en el que multitud de países pobres están poniendo sus mejores tierras a disposición de naciones ricas, a costa de sus propios ciudadanos mal alimentados.

La prestigiosa ONG internacional GRAIN ha documentado sistemáticamente este fenómeno, que califica de “una carrera por la tierra que recuerda a la expansión colonial de Europa”. Entre los países que se están apropiando de enormes extensiones de terreno en África destacan algunos de Asia como China, India, Japón, Malasia y Corea del Sur, y también otros árabes –a los que les sobra el dinero y les falta el agua- como Egipto, Libia, Bahrein, Jordania, Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. En muchos casos están recibiendo ayuda de organizaciones internacionales como el Banco Mundial y el Banco Europeo para el Desarrollo y la Reconstrucción, los cuales a menudo presionan a los países africanos para que cambien sus legislaciones y permitan a extranjeros acceder a la propiedad de la tierra.

La lista de países africanos que se apresuran a ofrecer sus tierras al mejor postor a cambios de contratos de energía o inversiones de infraestructuras es larga y aumenta cada día. Entre ellos se encuentran: Mozambique, Sudán, Uganda, Angola, Ghana, Etiopía, Zambia, la República Democrática del Congo, Senegal, Tanzania, Camerún, Zimbabwe y Madagascar.

En este último país, casi la mitad de las tierras de cultivo malgaches (1.300.000 hectáreas) estaban el año pasado ya en manos de la compañía surcoreana Daewoo Logistics. Y en Zambia el gobierno ha demarcado miles de hectáreas de terreno, en forma de parcelas de fincas, para ponerlas a la venta a inversores extranjeros. El objetivo es siempre el mismo: países con grandes poblaciones pero muy escasas tierras de cultivo en sus territorios y que tienen que importar sus alimentos (como Corea del Sur, que es el cuarto importador mundial de maíz) quieren cubrir las necesidades alimentarias de sus ciudadanos cultivan arroz, trigo o maíz fuera de sus fronteras y transportar las cosechas para su propio consumo. En otros casos, el interés de los compradores es cultivar productos como maíz, mandioca o aceite de palma para procesar bio-combustibles como etanol. En África están capitalizando los bajos costes de sus tierras –cuesta la décima parte del precio de terrenos rústicos en países industrializados- y los altos previos de los alimentos básicos, que se han convertido en verdaderos activos financieros que se cotizan en las bolsas internacionales. Además, los países africanos ofrecen por lo menos tres ventajas muy apetecibles: el poco interés de muchos de sus gobiernos por defender las tierras de sus ciudadanos, sus excelentes tierras fértiles y sus débiles mecanismos legales.

El problema es que estas tierras de cultivo se encuentran en países con altos niveles de pobreza y donde la gente sufre de desnutrición. Además, el galopante aumento de la población en África y los estragos causados por el cambio climático están haciendo de la tierra –otrora abundante- un bien escaso. Y por si fuera poco, los interminables conflictos que han azotado a muchos países africanos han provocado el desplazamiento de millones de personas que abandonan sus tierras y las dejan expuestas a la codicia del inversor de turno. Al final, muchos campesinos que no tienen otro medio de vida que sus tierras tienen poca elección y acaban emigrando a ciudades donde se les promete puestos de trabajo en nuevas plantas industriales, también en manos de capital extranjero y donde acabarán trabajando jornadas de más de 12 horas y cobrando 50 dólares al mes, con contratos precarios. El fin del camino suele ser que se quedan sin tierras y sin puestos de trabajo, y engrosando la abundante legión de los nuevos pobres urbanos de los “slums” africanos.

Otro problema relacionado con esto es la invasión que sufre África de semillas transgénicas, que provocan una gran dependencia de los campesinos y en muchos casos empobrecen los terrenos.

 

FALTA DE MEDICAMENTOS

En los países ricos nos encontramos con una abundancia de productos milagro anunciados como “de salud” que prometen a sus consumidores lucir una piel morena, evitar la caída del pelo, levantar el ánimo si uno se siente triste, tener unos dientes más blancos, recobrar el vigor sexual en edades tardías y –sobre todo- adelgazar en pocas semanas.

Podríamos preguntarnos si esos son realmente problemas de salud.  Al mismo tiempo hay enfermedades padecidas por millones de africanos para las que o no se fabrican medicamentos o no se distribuyen en África porque no son rentables. Este es el caso de la enfermedad del sueño (tripanosomiasis humana africana) causada por la picadura de la mosca tse-tse, que causa la muerte de 150.000 personas al año, sobre todo en Congo y Sudán. También ocurre esto con la anemia falciforme, una dolencia que acaba con la vida de muchos miles de niños en África, la mayor parte de los cuales muere antes de que se les pueda diagnosticar.  

El  10 por ciento del dinero para investigación se destina a enfermedades que padece el 90 por ciento de la población mundial, mientras que el 90 por ciento de los recursos va para investigar enfermedades que padece el 10 por ciento de los habitantes del planeta. Además, las compañías farmacéuticas más poderosas –Abbott, TAP, Astra Zeneca, Roche, Pfizer, Merck y Bayer explotan al máximo los medicamentos (incluidos los esenciales) en forma de monopolios y en condiciones que no tienen en cuenta las necesidades de los enfermos ni su capacidad adquisitiva. Eso, a pesar de que a menudo las compañías farmacéuticas recorren África buscando recursos naturales como plantas medicinales aprovechables para su industria, saltándose la soberanía de cada país sobre ellos y sin ofrecer nada como compensación

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